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Identidad
La esperanza nunca se pierde
Me cuesta encontrar las palabras adecuadas. Últimamente, siento que las palabras no bastan. Cada vez que empiezo a escribir, tengo la sensación de estar repitiendo la misma historia, el mismo dolor, una y otra vez.
¿Cómo hemos llegado a acostumbrarnos a ver vídeos de personas que huyen para salvar la vida, simplemente porque ser judío y asumirlo públicamente ya no es seguro?
La historia del pueblo judío es una historia de desplazamientos, no por elección, sino por necesidad. A lo largo de los siglos, hemos huido en busca de seguridad. Fuimos expulsados de Inglaterra en 1290. De España en 1492. Escapamos de los pogromos por toda Europa. Huimos de los nazis a partir de 1941, perdiendo a millones de personas a causa de una brutalidad inconcebible. Crecí creyendo que esas persecuciones pertenecían al pasado. Creía que el mundo se había despertado ante el asesinato de seis millones de judíos, que el Holocausto marcaba un claro antes y después: una promesa de «nunca más».
Pero me equivoqué.
Lo que una vez formó parte de la historia se ha convertido en nuestro presente. Un presente que no ha aprendido del pasado. Un presente en el que persiste la violencia, en el que el antisemitismo vuelve a ser una realidad mundial, en el que la diferencia se convierte en un obstáculo para la paz y en el que la ignorancia se extiende sin control. Nuestra historia se repite.
No me siento seguro en Ámsterdam. Ni en Mánchester. Ni en Washington D. C. Ni en Sídney. Pero no podemos pasarnos la vida huyendo constantemente.
El domingo pasado se celebró la primera noche de Hanukkah, una historia que nos enseña que, incluso en los momentos más oscuros, se puede encontrar la luz y pueden ocurrir milagros. En miles de hogares y comunidades de todo el mundo, las familias se reunieron —jóvenes y mayores— para celebrar esta festividad que ocupa un lugar tan importante en nuestros calendarios. La tradición nos enseña a colocar la hanukiá cerca de la ventana para que su luz brille hacia el exterior, iluminando el mundo con el milagro de Hanukkah. Esta festividad tiene como objetivo difundir luz, dulzura, gratitud y conexión. Es una celebración de la resiliencia, la comunidad y la esperanza. Nos transporta a la infancia, a una época en la que creer en los milagros nos resultaba natural.
Sin embargo, en Sídney, una noche destinada a compartir esa luz en un espacio público se convirtió en terror, persecución y pérdida. La idea de que los niños pequeños y toda una comunidad vayan a guardar ahora un recuerdo de miedo asociado a esta festividad es devastadora.
Así que pregunto:
¿Cuándo será suficiente?
¿Cuándo comprenderá el mundo que la violencia no resuelve nada?
¿Cuándo se pronunciarán las organizaciones internacionales —tanto judías como no judías— de forma clara e inequívoca contra lo que está mal?
¿Cuándo despertará la gente?
¿Cuándo aprenderemos?
Este año, al haber tenido la oportunidad de viajar y conocer a adolescentes y comunidades judías de todo el mundo en mi calidad de presidente de BBYO, la mayor organización juvenil judía pluralista, me he dado cuenta de lo fundamental que es nuestro movimiento para la comunidad. En 63 países, tanto en las comunidades judías más pequeñas como en las más grandes, ofrecemos espacios seguros para que los adolescentes expresen sus valores e identidad judíos en un mundo en el que hacerlo resulta cada vez más peligroso.
Abrazamos nuestras tradiciones con alegría y orgullo cuando otros intentan derribarnos. Formamos a los adolescentes para que sean líderes, defensores y agentes del cambio. El mundo nos necesita urgentemente. Adolescentes que defiendan lo que es correcto y luchen contra lo incorrecto, adolescentes que se movilicen por las causas que les importan y adolescentes que elijan hacer de este mundo un lugar diferente. Hemos aprendido que no siempre podemos esperar a que otros actúen, porque es evidente que algo no funciona. El mundo necesita líderes jóvenes que crean en la construcción de un futuro en el que se respeten todas las creencias, se acoja la diversidad y la comunidad sea lo primero.
Y es precisamente gracias a la luz que veo en los ojos de cientos de adolescentes —cuando se movilizan para ayudar a los demás, celebran sus tradiciones o acogen al chico más tímido de la sala en lo que se convierte en una segunda familia— por lo que no he perdido la fe.
Es hora de despertar. Ya hemos perdido demasiado. Hay que poner fin a este ciclo. No quiero que mi generación siga huyendo.
Tal y como nos recuerda nuestro himno nacional:
Nuestra esperanza aún no se ha perdido.
La luz prevalecerá.
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Me cuesta encontrar las palabras. Últimamente, las palabras no parecen bastar. Cada vez que empiezo a escribir, siento que estoy repitiendo la misma historia, el mismo dolor, una y otra vez.
¿Cómo hemos llegado a acostumbrarnos a ver vídeos de personas que huyen para salvar el pellejo simplemente porque ser judío y expresarlo públicamente ya no es seguro?
La historia del pueblo judío es una historia de desplazamientos, no por elección, sino por necesidad. A lo largo de los siglos, hemos huido en busca de seguridad. Fuimos expulsados de Inglaterra en 1290. De España en 1492. Escapamos de los pogromos en toda Europa. Huimos de los nazis a partir de 1941, perdiendo a millones de personas ante una brutalidad inimaginable. Crecí creyendo que estas persecuciones pertenecían al pasado. Creía que el mundo había despertado tras el asesinato de seis millones de judíos, que el Holocausto marcó un antes y un después, una promesa de «nunca más».
Pero se equivocaba.
Lo que antes formaba parte de la historia se ha convertido en nuestro presente. Un presente que no ha aprendido del pasado. Un presente en el que la violencia persiste, en el que el antisemitismo vuelve a ser una realidad global, en el que la diferencia se transforma en una barrera para la paz y la ignorancia se expande libremente. Nuestra historia se está repitiendo.
No me siento segura/o en Ámsterdam. Tampoco en Manchester. Ni en Washington, D.C. Ni en Sídney. Pero no podemos pasar la vida entera huyendo.
El domingo pasado se celebró la primera noche de Janucá, una historia que nos enseña que incluso en los momentos más oscuros se puede encontrar luz y que los milagros pueden ocurrir. En miles de hogares y comunidades de todo el mundo, las familias —jóvenes y mayores— se reúnen para celebrar esta festividad tan importante en nuestro calendario. La tradición nos enseña a colocar la janukiá cerca de la ventana para que su luz brille hacia afuera, iluminando al mundo con el milagro de Janucá. Esta festividad está pensada para difundir luz, dulzura, gratitud y conexión. Es una celebración de la resiliencia, de la comunidad y de la esperanza. Nos devuelve a nuestro niño interior, donde creer en los milagros es algo natural.
. Sin embargo, en Sídney, una noche destinada a compartir esa luz en un espacio público se transformó en terror, en persecución y en pérdida. Pensar que los niños pequeños y toda una comunidad tendrán que cargar ahora con un recuerdo de miedo asociado a esta festividad es devastador.
Entonces me pregunto:
¿Cuándo será suficiente?
¿Cuándo comprenderá el mundo que la violencia no resuelve nada?
¿Cuándo las organizaciones internacionales, tanto judías como no judías, condenarán con claridad y firmeza lo que está mal?
¿Cuándo despertará la gente?
¿Cuándo aprenderemos?
Este año, al tener la oportunidad de viajar y conocer a adolescentes y comunidades judías de todo el mundo como presidenta juvenil de BBYO, la organización de jóvenes judíos pluralista más grande del mundo, he comprendido lo vital que es nuestra organización. En 63 países, tanto en las comunidades judías más pequeñas como en las más grandes, ofrecemos espacios seguros para que los jóvenes puedan expresar sus valores e identidad judía en un mundo donde hacerlo se siente cada vez más peligroso.
Abrazamos nuestras tradiciones con alegría y orgullo cuando otros intentan derribarnos. Formamos a jóvenes para que sean líderes, defensores del bien y agentes de cambio. El mundo nos necesita URGENTEMENTE. Necesita adolescentes que se levanten por lo que es correcto y enfrenten lo que está mal, que se movilicen por las causas que les importan y que elijan transformar este mundo. Hemos aprendido que no siempre podemos esperar a que otros actúen, porque algo está claramente roto. El mundo necesita jóvenes líderes que crean en la construcción de un futuro donde se respeten todas las creencias, donde se valore la diversidad y donde la comunidad ocupe un lugar central.
Y es gracias a la luz que veo en los ojos de cientos de adolescentes —cuando se movilizan para realizar labores de servicio comunitario, celebran sus tradiciones, creen que pueden marcar la diferencia o acogen con calidez incluso al más tímido de la sala— por lo que no he perdido la fe.
Es hora de despertar. Ya hemos perdido demasiado. Este ciclo repetitivo debe acabar. No quiero que mi generación siga huyendo.
Así que, como nos recuerda nuestro himno nacional:
Aún no hemos perdido la esperanza
Aún no hemos perdido la esperanza.
La luz prevalecerá.
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