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Parashá Haazinu: ¡Escuchad!
El escenario está listo: Moisés, ya anciano, se encuentra ante el pueblo al que ha guiado durante décadas. Este pueblo le ha visto desafiar al faraón, partir el mar y llevarlos hasta las puertas de la Tierra Prometida. Pero este momento es diferente. Él sabe que se trata de su despedida. Ha llegado el momento de dejar a su pueblo algo inolvidable: sus últimas palabras, su advertencia definitiva.
«¡Ha'azinu!», exclama Moisés, lo que significa «¡Escuchad!» en hebreo. No se trata de un discurso cualquiera. Es una canción: un mensaje poético, casi profético, sobre el camino que han recorrido, hacia dónde se dirigen y los peligros que les esperan.
Mientras Moisés canta, su voz resuena como un trueno sobre la multitud, y parece que hasta los cielos mismos escuchan. Sus palabras hablan del pasado, recordándoles cómo Dios siempre ha sido su protector, como una roca: sólido, inquebrantable, inmutable. Pero esto no es solo un canto de alabanza. Aquí hay tensión. El tono se vuelve más sombrío cuando Moisés les advierte de lo que sucederá si se alejan de Dios.
«Ya sabéis lo que pasó cuando hicimos el becerro de oro», les recuerda. «Ya sabéis lo enfadado que se puso Dios. Y ahora, al entrar en la tierra de Canaán, la tentación será aún mayor. Veréis los ídolos de los cananeos y quizá os veáis tentados a olvidar al Dios que os llevó como un águila lleva a sus crías sobre sus alas».
El pueblo siente el peso de sus palabras. Moisés no se limita a hablar de ideas abstractas, sino que dibuja imágenes vívidas en sus mentes. La imagen de Dios como un águila protectora es muy poderosa. Al igual que una águila madre protege ferozmente a sus crías, así también Dios protege a Israel. Pero, como cualquier padre, Dios también espera obediencia, y la rebeldía acarrea consecuencias.
Entonces Moisés cambia la metáfora. Dios ya no es solo un águila: ahora es una roca, el fundamento de todo. Las rocas son sólidas, irrompibles. No se mueven ni se doblan. La justicia de Dios, como una roca, es firme e inquebrantable. A veces esa justicia se manifiesta en forma de bendiciones, pero otras veces es más severa.
«Dios no es cruel», explica Moisés, «pero, al igual que un padre que disciplina a su hijo, os castigará si os desviáis. Cuando llegue el momento, y si le abandonáis por dioses falsos, os enfrentaréis a duras consecuencias. Los enemigos os atacarán, os sobrevendrán desastres. Las flechas de Dios se empaparán de sangre, y su espada acabará con vuestros enemigos».
Estas palabras suenan duras, pero Moisés sabe que son necesarias. Su pueblo se encuentra en una encrucijada. Han sido testigos de los milagros de Dios, pero también han luchado contra la duda y la desobediencia. No bastó con que fueran liberados de la esclavitud en Egipto. Incluso después de presenciar las diez plagas y la separación de las aguas del mar, seguían teniendo dificultades para mantenerse fieles. Ahora, al estar a las puertas de la Tierra Prometida, Moisés sabe que deben comprender lo que está en juego.
Moisés no se anda con rodeos. Les advierte de que, si abandonan a Dios, se enfrentarán a graves consecuencias. Pero también les asegura que la justicia de Dios no es cruel ni arbitraria. Al igual que una roca que se mantiene firme en medio de la tormenta, la justicia de Dios es constante, imparcial y está impulsada por el deseo de proteger y guiar a su pueblo.
Pero, ¿por qué tanta violencia? ¿Por qué Dios, la fuente suprema del amor y la bondad, recurre a métodos tan severos? Moisés responde a esta pregunta recurriendo a las metáforas del canto. Las acciones de Dios se basan en una justicia inquebrantable. Él es el padre que a veces debe disciplinar a un hijo descarriado. Él es la roca que no se doblega, ni siquiera cuando el pueblo falla. Su violencia no es crueldad, sino justicia, una fuerza necesaria para mantener el equilibrio del mundo.
Para las personas que se encuentran ante él, estas imágenes tienen sentido. Viven en un mundo en el que la fuerza suele ser la clave para la supervivencia. Entienden que alejarse de Dios no es solo un error espiritual, sino un peligro para su propia supervivencia. Si rompen su pacto con Dios, se enfrentarán a enemigos, al hambre y a la catástrofe.
Y, sin embargo, a pesar de las advertencias, el canto de Moisés no es un canto de desesperación. Les recuerda que Dios no solo es una roca de justicia, sino también una fuente de profundo amor y protección. Incluso cuando el pueblo peca, Dios no lo abandona para siempre. Al igual que un padre que disciplina por amor, el objetivo último de Dios es traer de vuelta a su pueblo, restaurarlo y protegerlo una vez más.
Cuando Moisés termina el canto, el pueblo permanece en silencio. El peso de sus palabras sigue flotando en el aire. Saben que pronto entrarán en la Tierra Prometida sin su líder. Pero también saben que, mientras sigan siendo fieles a Dios, nunca estarán solos.
Moisés se vuelve hacia ellos por última vez. «Recordad este canto», les dice. «Enseñádselo a vuestros hijos. Que os recuerde de dónde venís y quiénes sois. Ha’azinu —*escuchad*— y no lo olvidéis».
Y con eso, Moisés se marcha, dejando tras de sí su último legado: una canción, una advertencia y una promesa.
Shabat Shalom,
Mihaela Grigorova, Bulgaria
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