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Identidad
El corazón de una sionista
Dejo el móvil a un lado durante 30 minutos y mi madre me llama desde su habitación para decirme que todo Israel está siendo atacado. Nos sentamos y empezamos a escribir a una lista interminable de contactos para preguntarles cómo están. Mi familia está allí, sufriendo, refugiada en los búnkeres, pero yo estoy aquí. Entre lágrimas, nos invade la preocupación. Quiero que la gente, aunque sea por un segundo, intente comprender lo que significa ser un judío sionista, o al menos cómo vivo yo esta situación.
Vivo en Barcelona, una vida tranquila y normal, pero al mismo tiempo mi hermano vive en Israel. No solo él, sino también mis primos, tíos, amigos y más familiares que quizá ni siquiera conozca todavía. Vivo con el miedo de que les pueda pasar algo, pensando en el sufrimiento por el que están pasando. Pienso en el peligro en el que se encuentran. Pienso en cómo aquí, en Barcelona, la gente de mi edad y yo estamos calculando las notas que necesitamos para entrar en la universidad, mientras que allí están pensando en a qué unidad del ejército se alistarán para arriesgar sus vidas en defensa de su país. Porque si no lo hacen, no tendremos un país. Es así de sencillo. No se preguntan si vale la pena, si es demasiado peligroso. Solo piensan: «Tenemos que proteger nuestra patria y a nuestras familias».
Por un momento, intenta imaginar su situación: los sentimientos de esos padres, esos hermanos y hermanas, esos abuelos de chicos de 18, 19, 20 y 21 años, que arriesgan sus vidas de formas que ni siquiera podemos imaginar, viendo morir a sus mejores amigos a su lado, demasiado pronto.
Ahora, imagina también a niños pequeños corriendo hacia los refugios subterráneos, donde pasan horas mientras suenan las alarmas por todo el país, sin entender del todo por qué. Personas mayores, que apenas pueden levantarse, y que tienen que correr hacia el refugio lo más rápido posible.
Una situación complicada, ¿no crees?
Este último mes he estado sufriendo por mi hermano. Es duro tener que decirle a tu hermano de veinte años que se cuide y que, si le pasara algo, yo moriría. Pero es aún más duro cuando él me responde: «No, tienes que seguir adelante, por mamá y papá». Una conversación que no es muy habitual para mucha gente.
Y pensar que mi situación no es nada comparada con lo que está viviendo la mayoría de la gente en Israel.
Así que, a pesar de que esa es la situación allí, es donde espero vivir el año que viene. Es difícil de entender, ¿verdad?
¿Sabes lo que está pasando? Suena muy triste decirlo, pero como judío sionista que vive en la diáspora, siento que estoy en una lucha constante, intentando vivir mis dos vidas: mi alma en Israel y mi cuerpo en Barcelona. Una lucha por defender a mi país desde la distancia. No puedo defenderlo de los ataques con misiles, así que lo único que me queda es defenderlo de los ataques verbales, de esos insultos y gritos que van dirigidos directamente a mi familia, a mi hogar.
Mi hogar, donde, aunque tenga que refugiarme en búnkeres para protegerme de los misiles, no me siento tan a salvo en ningún otro sitio como allí.
Solo pido que no destruyan mi hogar, porque mi alma también quedaría destrozada.
Que no se sigan destruyendo más vidas, más familias, más hogares. BASTA YA.
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Desconecto el móvil durante 30 minutos y mi madre me llama desde su habitación para decirme que están atacando todo Israel; nos sentamos y empezamos a escribir a una lista interminable de contactos para preguntarles cómo están; mi familia está allí sufriendo, escondida en refugios, pero yo aquí. Entre lágrimas, nos invade la preocupación. Quiero que la gente, por un segundo, intente entender lo que significa ser un judío sionista, o al menos cómo vivo yo esta situación.
Vivo en Barcelona, una vida tranquila y normal, pero al mismo tiempo mi hermano vive en Israel; no solo él, sino también mis primos, tíos, amigos y más familiares que seguramente aún no conozco. Vivo con miedo de que les pase algo, angustiada por el sufrimiento que están padeciendo; pienso en el peligro en el que se encuentran y se me hace un nudo en la garganta y se me encoge el corazón; pienso en que aquí, en Barcelona, yo y el resto de la gente de mi edad estamos averiguando la nota de corte para entrar en la universidad, mientras que allí están mirando en qué unidad del ejército van a entrar para arriesgar sus vidas por defender a su país, porque si no lo hacen ellos, no tendremos país. Así de simple, no se preguntan si vale la pena, si es demasiado peligroso, simplemente piensan que tenemos que proteger nuestro hogar y a nuestras familias.
Intentad por un momento imaginaros su situación, lo que sienten esos padres, esos hermanos y hermanas, los abuelos de chicos de 18, 19, 20, 21... años que arriesgan sus vidas de formas que ni siquiera podemos imaginar, que ven morir a sus mejores amigos a su lado antes de tiempo.
Ahora imagínate también a niños pequeños huyendo a refugios subterráneos donde pasan horas y horas y horas, mientras suenan las alarmas por todo el país, sin entender muy bien por qué. Ancianos que, con dificultad para levantarse, tienen que dirigirse al refugio lo más rápido posible.
¿Una situación difícil, no crees?
Este último mes he sufrido por mi hermano; es difícil tener que decirle a tu hermano de 20 años que se cuide y que, si le pasa algo, me muero, pero aún más duro es que él te responda: «No, mi reina, tú tienes que seguir adelante, por mamá y papá». Una conversación que no es muy habitual para mucha gente.
Pensar que mi situación no es nada comparada con lo que está pasando la mayoría de la gente en Israel.
Bueno, pues, aunque esa sea la situación allí, es donde espero estar viviendo el año que viene. Difícil de entender, ¿verdad?
Sabéis lo que pasa, suena muy triste decirlo, pero como judía sionista que vive en la diáspora, siento que estoy en una lucha constante, tratando de compaginar mis dos vidas: mi alma en Israel y mi cuerpo en Barcelona. Una lucha por defender a mi país desde la distancia; no puedo defenderlo de los ataques con misiles, así que lo único que me queda es defenderlo de los ataques verbales, de esos insultos y gritos que van dirigidos directamente a mi familia, a mi hogar.
Mi hogar, donde, aunque tenga que refugiarme en búnkeres antimisiles, en ningún otro sitio me siento tan segura como allí.
Solo pido que no destruyan mi hogar, porque mi alma también se destruiría.
Que no se destruyan más vidas, más familias, más hogares, ¡YA BASTA!
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