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En la parashá de esta semana, la parashá Nitzavim, leemos: «Porque este mandamiento que hoy te ordeno… no está en los cielos… ni al otro lado del mar. Porque la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón para que la cumplas». «Porque esta Mitzvá que hoy te mando no está en el cielo, ni al otro lado del mar, sino muy cerca de ti; está en tu mano y en tu corazón cumplirla».

El Midrash nos enseña que este versículo se refiere a la mitzvá de la teshuvá, el arrepentimiento. Está en nuestras manos cambiar y mejorar como personas. Independientemente de la gravedad del pecado o de cuántas veces hayamos fallado, Dios acepta el arrepentimiento incluso de la persona más alejada del camino recto.

Una de las acepciones de la palabra «teshuvá» es «regreso», lo que indica que hacer teshuvá es, en realidad, un proceso de retorno a Dios.

Hay una famosa parábola sobre una familia cuyo único hijo decidió abandonar el seno familiar. La familia estaba desconsolada porque su hijo ya no estaba con ellos. El padre decidió dejar la puerta abierta todos los días. La gente pensaba que eso era extraño y le preguntaban por qué lo hacía. Él explicaba que no importaba lo lejos que estuviera su hijo, pero que si algún día quería volver, esa puerta estaría abierta para que siempre pudiera entrar. Del mismo modo, Dios está con nosotros; por muy lejos que estemos, Dios siempre nos espera con la puerta abierta y nos concede su perdón.

De hecho, es algo que repetimos cada día en la oración más importante, la Amidá: «Vehajazirenu Bitshubá Shelemá Lefaneja», «Devuélvenos con un arrepentimiento completo». Aunque el arrepentimiento completo es difícil, el primer paso consiste en reconocer que nos hemos equivocado y dejar de realizar esa acción o ese hábito negativo.

Una vez que hayamos completado este primer paso, podremos empezar a pensar en el cambio.

¿Cómo es posible que una persona cambie después de haberse acostumbrado a vivir de una determinada manera? La respuesta está en la reflexión y el análisis. No podemos vivir la vida como una rutina, simplemente dejando que pase el día a día. Tenemos que detenernos y pensar en lo que estamos haciendo. Al hacer una pausa y reflexionar, nos daremos cuenta de lo que hacemos bien y de lo que hacemos mal, de lo que debemos mantener y de lo que tenemos que cambiar.

Dios siempre está con nosotros para ayudarnos, pero debemos dar el primer paso; solo entonces veremos Su ayuda. Hay una frase que resume esto y que me parece fascinante: «Los milagros de Dios comienzan donde termina el esfuerzo de la persona». Depende de nosotros esforzarnos —como se dice en hebreo, hishtadlut— y dar lo mejor de nosotros; solo entonces, y únicamente entonces, Dios se encargará de los resultados.

Shabat Shalom,

Shelly Shayo, BBYO

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